


La herida invisible del fuego: el impacto psicológico de los incendios en la Comarca Andina



Quienes vivimos en la Comarca Andina sabemos que el verano ya no se espera como antes. El humo en el horizonte, el viento fuerte o el olor a quemado vuelven a encender una alarma interna que cuesta apagar. Cada temporada trae consigo la amenaza del fuego y una sensación compartida de incertidumbre que se repite en pueblos y parajes de toda la región.
Los incendios forestales no solo arrasan bosques y viviendas. También dejan una huella menos visible: el impacto psicológico de vivir en alerta permanente. A la sequía y la crisis hídrica se suma la sensación de que el territorio que durante años fue refugio hoy aparece constantemente en riesgo.
Además, en la Comarca el verano no es solo descanso: es el momento en que muchas familias generan los ingresos que sostienen el año. Cuando la temporada queda atravesada por incendios y evacuaciones, se cancelan reservas, se frenan actividades y aparece otra angustia: la incertidumbre sobre el trabajo y la posibilidad de atravesar el invierno.
“Antes esperábamos el verano todo el año. Ahora lo esperamos con miedo”, resume una vecina de Golondrinas que debió evacuar su casa en temporadas anteriores. Como ella, muchas personas describen la misma imposibilidad de relajarse. El viento, el olor a humo o una columna a lo lejos activan temores que ya forman parte de la experiencia cotidiana en toda la Comarca.
El rol de la salud mental en la emergencia
A partir de los grandes incendios de los últimos años se conformó el Comité de Psicólogxs en la Emergencia Comarcal, integrado por profesionales matriculados de Río Negro y Chubut.
El espacio articula con hospitales, centros comunitarios y organizaciones territoriales para brindar primeros auxilios psicológicos en postas de salud, centros de evacuados y lugares de acopio, con foco en trabajadores, brigadistas, voluntarios y familias afectadas. También sostiene acompañamientos terapéuticos posteriores para adultos, niños y adolescentes damnificados.
Lo que vivimos es una modificación de nuestros modos de vida y de vincularnos con el territorio. Hay un gran desasosiego por la posibilidad de perderlo todo, pero también un sostén colectivo que se fortalece año a año.
Explican las profesionales del comité, la Lic. María Belén Scotto (MPCH 1357) y la psi. Mónica Castaño (MPRN 2473).
Lejos de patologizar el miedo, remarcan que muchas reacciones actuales son esperables. “Ese estado de alerta es una respuesta normal frente a una crisis ambiental. No es una enfermedad, es el intento de defendernos de algo que realmente está pasando”.
Para describir este fenómeno retoman el concepto de ecoansiedad: la preocupación crónica ante la catástrofe ambiental y el futuro incierto. En zonas asediadas por incendios, puede derivar en ansiedad sostenida si no encuentra redes de contención.

Infancias en contexto de emergencia
Planificar ante una emergencia puede ayudar a reducir la ansiedad. Contar con protocolos, mochilas preparadas y acuerdos familiares brinda capacidad de anticipación y cierto margen de control frente a lo imprevisible. Sin embargo, en el caso de niños y niñas el rol de las personas adultas es determinante.
Desde el Comité de Psicólogxs en la Emergencia Comarcal señalan que no se trata de ocultar lo que ocurre, sino de ofrecer amparo. Generar espacios seguros, sostener rutinas y habilitar el juego y la palabra permite que las infancias tramiten lo que sienten sin ser apuradas ni silenciadas.
Aun en contextos críticos, la presencia de adultos que protejan, expliquen con calma y acompañen emocionalmente funciona como un factor clave de cuidado. No se puede evitar la angustia, pero sí reducir sus efectos más severos cuando hay contención y referencias estables.
El desgaste emocional de quienes combaten el fuego
Distinto es el impacto en quienes están en la primera línea del combate de los incendios. Brigadistas, voluntarios y personal de emergencia acumulan años de exposición a escenas de pérdida, riesgo y destrucción.

En ellos pueden aparecer fenómenos como la fatiga emocional, una especie de entumecimiento afectivo como mecanismo de defensa, y el trauma vicario, un desgaste profundo producido por el contacto reiterado con el dolor ajeno.
A esto se suma un duelo ambiental específico. Para muchos, el bosque no es solo un paisaje sino parte de su vida cotidiana y de su identidad. Verlo arder y desaparecer frente a sus ojos genera un luto real, una mezcla de frustración, impotencia y tristeza por un territorio que sienten propio y que se transforma irreversiblemente.
Señales de alerta y cuidados posibles
El comité recomienda prestar atención a indicadores simples: dificultad persistente para dormir, agotamiento extremo, aislamiento prolongado o incapacidad de sostener rutinas y vínculos. Si esos estados se mantienen en el tiempo, es importante consultar a un profesional.
Entre las estrategias de cuidado destacan limitar la sobreexposición a noticias, sostener rutinas básicas de comida y descanso, hidratarse, hacer pausas, conectar con personas cercanas y fortalecer redes comunitarias.
También proponen generar espacios colectivos para simbolizar la pérdida y participar en acciones de reconstrucción o prevención. La participación activa reduce la sensación de desamparo.
La salud mental como política de emergencia
Para las profesionales, la salud mental debe ser parte estructural de cualquier plan de emergencia y reconstrucción.
Salvar vidas no es solo estabilizar signos vitales. La crisis es ambiental, pero también social y emocional. El abordaje tiene que ser comunitario e interdisciplinario.
En una región donde el fuego vuelve cada verano, reconstruir no implica solo reforestar o levantar viviendas. También exige cuidar los lazos, las rutinas y la capacidad de imaginar el futuro.
El mensaje final es claro y profundamente comarcal: “La salida es colectiva. Frente al daño, no hay que aislarse. Armar redes, encontrarnos, habitar espacios comunes. Lo arrasado no es todo”.





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