Para capturar las condiciones meteorológicas que facilitaron el inicio y la rápida propagación de los incendios, los investigadores utilizaron el índice Hot-Dry-Windy (HDWI). Este indicador combina tres variables críticas: altas temperaturas, baja humedad y fuertes vientos. Aunque no incorpora la acumulación de combustible vegetal —como sí lo hacen índices más complejos— es considerado una métrica eficaz para estimar el peligro inmediato para las comunidades y la dificultad de contención.
En Chile, el análisis se centró en el máximo valor del HDWI registrado en los dos días más críticos. En la Patagonia andina, en cambio, se evaluó el máximo en un período de cinco días consecutivos, reflejando la persistencia de condiciones extremas. En ambos casos, los valores registrados estuvieron asociados a temperaturas superiores a los 38 °C, vientos de 40 a 50 km/h y una sequedad atmosférica pronunciada.

El estudio no se limitó a los días del fuego. También examinó el déficit de precipitaciones en los tres meses previos (noviembre a enero) en ambas regiones. La investigación identificó un período de lluvias por debajo de lo normal, lo que favoreció la desecación de la vegetación y creó un escenario propicio para incendios de comportamiento extremo.
La conclusión es clara: el cambio climático inducido por actividades humanas incrementó la probabilidad y severidad de las condiciones meteorológicas que impulsaron estos incendios tanto en la Patagonia argentina como en el centro-sur chileno. Es decir, en el clima actual, eventos con esta combinación de calor extremo, sequía prolongada y vientos intensos son más probables que en un mundo sin calentamiento global.

El informe también subraya que el impacto final depende de factores de vulnerabilidad y exposición: la expansión de áreas pobladas en la interfaz urbano-forestal, la gestión del territorio, las prácticas de prevención y la capacidad de respuesta. Sin embargo, advierte que el riesgo climático de base está aumentando, lo que eleva la peligrosidad de cada temporada.
El estudio de WWA aporta evidencia científica a esa mirada: los eventos extremos dejan de ser anomalías para convertirse en parte de una nueva normalidad climática, que exige repensar no solo la gestión del riesgo, sino el modelo de desarrollo y la relación con los ecosistemas que sostienen la vida en la región.

























