


“Le ponemos corazón”: la mirada desde el aire del piloto de los aviones hidrantes en El Bolsón


En el aeródromo de El Bolsón, en una pausa momentánea antes de que vuelvan a despegar los aviones hidrantes, José “Pepe” Mollano comparte mates con otros pilotos y el equipo de tierra. La calma es relativa: en cualquier momento pueden volver a llamarlos para atacar un foco activo. Desde hace años, Pepe es uno de los pilotos que surca el cielo patagónico cuando el fuego avanza.
“Soy piloto de Air Tractor y trabajo en incendios forestales. Esto es trabajo en equipo, siempre”, resume.

Una vocación que nació de chico
Pepe cuenta que su pasión por volar apareció muy temprano. “Creo que estaba en el carrito que me empujaba mi mamá cuando vi pasar un avión y lo señalé. Desde ahí no paré”. Se formó en la Fuerza Aérea Argentina, con instructores que fueron pilotos de combate en Malvinas, y luego pasó por la aviación comercial en Aerolíneas Argentinas, además de distintas experiencias en aviación agrícola, hasta llegar al combate de incendios.
Hoy comparte base y operaciones con pilotos de distintas empresas. “Volamos todos juntos, coordinados, y con un equipo de tierra que es fundamental: cargan agua, combustible y hacen que el avión esté en el aire lo antes posible”.
Volar con 3.200 litros de agua
El Air Tractor puede cargar hasta 3.200 litros de agua, lo que vuelve más exigente el despegue. “Todo depende de las condiciones meteorológicas y del incendio. Cuando salimos cargados, el avión responde distinto”, explica.
La clave del ataque aéreo es la coordinación con tierra. “Siempre hay un brigadista que nos guía, el coordinador de tiro. Sin él, el disparo no es efectivo. El trabajo es conjunto, si no, no sirve”.
El momento del lanzamiento es crítico. “Para que el agua sea efectiva, tiramos a unos cinco metros sobre la copa de los árboles. A veces incluso más bajo, porque los bosques son tupidos y si largás muy alto, el agua no llega al suelo”. Cada pasada es distinta: influyen el viento, las corrientes descendentes y la visibilidad.
Cuando no se puede volar
Hay días en que el fuego avanza, pero los aviones deben quedarse en tierra. “La adrenalina te juega en contra. Querés salir igual, pero si la visibilidad es cero, no se puede. Ahí la ansiedad es grande, porque sabés que el incendio está fuera de control”.
Tras el disparo, el avión tiende a ganar altura por la pérdida brusca de peso, algo que se compensa con los comandos. “No es inestable, pero hay que tener experiencia. La compuerta se puede programar para abrir parcial o completa; sobre árboles conviene abrir full para que el agua llegue con fuerza”.
Coordinación sin torre de control
En incendios de gran magnitud, varias aeronaves operan al mismo tiempo, incluso aviones de gran porte. “No hay torre de control, pero hay profesionalismo. Estamos comunicados entre nosotros y con los brigadistas. La coordinación es perfecta y, gracias a Dios, nunca tuvimos problemas”.
Pepe destaca que este año la operación es más ordenada en el aeródromo. “El año pasado tuvimos situaciones peligrosísimas, gente caminando o en motos sobre la pista, incluso durante la carrera de despegue. Este año la policía controla mucho más y estamos más tranquilos”.
Jornadas largas y compromiso total
Las jornadas habituales son de unas ocho horas, para garantizar el descanso, pero en emergencias ese límite se corre. “Cuando es un incendio interfase, donde hay viviendas en riesgo, se extiende el trabajo. Salimos igual, aunque estemos cansados”.
A veces, desde el aire, se ve cómo una columna de humo se vuelve más oscura. “Sabés que ahí hay una casa. Intentamos tirar para salvarla, pero no siempre da el tiempo o la visibilidad. Eso duele en el alma”.
“Le ponemos corazón”
Al mensaje final, Pepe no duda: “Más allá de la capacidad técnica y el entrenamiento, le ponemos corazón. Controladores, policía, bomberos, SPLIF, brigadistas, pilotos… estamos todos trabajando a full y a veces arriesgando la vida de más porque queremos ayudar”.
La voz se le quiebra cuando habla de quienes lo perdieron todo. “Sentimos muchísimo a la gente que perdió su vivienda. No siempre se puede estar en todos lados, pero sepan que hacemos todo lo posible”.
Desde el aire o desde tierra, el combate contra el fuego en la Comarca Andina es una tarea colectiva. Y en cada pasada baja, a metros del bosque, también viaja el compromiso de quienes no miran las llamas desde lejos.


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